La Copa del Mundo 2026 llegó a su fin y con ella pasa a un segundo plano todo lo que nos trajo: polémicas, sorpresas agradables como Cabo Verde y una lista enorme de selecciones que decepcionaron como Uruguay, Países Bajos, Bélgica, Alemania y sí, también la que hasta hace unos días era la vigente campeona del mundo, Argentina.
De esta última hay que hablar porque terminó siendo víctima absoluta del fácil camino que le tocó para llegar a la final y también víctima de la “mística” que desde sus seguidores y algunos medios argentinos trataron de vender.
Mientras que España llegó a la final después de haber tenido una fase de grupos al menos “interesante”, en la que también enfrentó a la protagonista sorpresiva del torneo, Cabo Verde, y a una Uruguay que colapsó bajo el peso de las “locuras” de Marcelo Bielsa, su camino en eliminatorias la enfrentó con rivales poderosos. Para llegar a la final tuvo que dejar en el camino a Austria, Portugal, Bélgica y a la que para muchos era la favorita del torneo: Francia.
Dicho de otra manera, a los españoles los retaron, los atacaron y los probaron. ¿El resultado? Solo un gol encajado (cortesía de Bélgica) en los siete encuentros previos a la final del torneo. España afiló su ataque, comprobó su defensa y, sobre todas las cosas, agarró ritmo. El caso de Argentina fue totalmente opuesto.
Para los sudamericanos la fase de grupos fue un trámite cortesía de algunas de las selecciones más olvidables del torneo. Exceptuando a Austria, los albicelestes sabían que ya estaban en dieciseisavos de final gracias a la providencia que los puso en el mismo grupo que Jordania y Argelia, dos conjuntos que ni en el papel tenían algo interesante que proponer. Es cierto que Jordania le encajó a los argentinos su único gol de la fase de grupos, pero más allá de eso, ninguna sirvió como un termómetro real de lo que los de Scaloni podían hacer.
Luego vendría Cabo Verde (no me cansaré de alabar a este combinado) a la cual los argentinos vencieron sufriendo. Después vendría Egipto a quienes ganaron en quizás el encuentro más polémico y que más alimentó las teorías conspirativas en torno al Mundial. Posteriormente, una Suiza que solo se metió en cuartos por la histórica indiferencia que los colombianos mostraron en su juego de octavos de final. Aun así Suiza hizo sufrir a los entonces campeones del mundo que después tuvieron su primera prueba real: Inglaterra.
Los ingleses fueron inconsistentes en toda la extensión de la palabra. Una selección que en buena medida emulaba a la argentina: dependiente de individualidades y que no transmitía verdadera solidez. Ciertamente nunca mostró el nivel que los nombres individuales de su plantilla le podían dar.
Ese partido debió ser el primer llamado de atención de los argentinos. La selección no jugó bien, de hecho: de no haber sido por la soberana y estúpida decisión de Thomas Tuchel de encerrarse a defender un 1-0 al minuto 60 cuando tenía arrinconado al rival, quizás ahí se habría acabado el sueño de los de la Conmebol.
Independientemente, Tuchel echó a los ingleses sobre su propio arco, hizo cambios ilógicos y, ganándose el apodo de “pecho frío”, dejó que llegara el empate sin reaccionar y el gol al 90+2 de Lautaro Martínez que los mandó al duelo por el tercer lugar.
Las señales estaban ahí: la llamada mística argentina, esa actitud que Scaloni defendió tanto en ruedas de prensa, no era otra cosa que una mezcla de improvisación, suerte, cuestionables decisiones arbitrales (como con Egipto) y errores no forzado del oponente (Thomas Tuchel).
La ilusión de que esa Argentina iba a poder plantarle cara a una España que llegaba a pleno ritmo en todos los sectores de la cancha era solo eso: una ilusión. El partido comenzó y ya para el minuto 15, el guion era obvio para cualquier espectador: en Nueva Jersey no se iba a bailar tango sino flamenco.
Los españoles dominaron todo y aunque se tardaron en hacerlo, marcaron el único gol que necesitaron para vencer a una Argentina que no solo tuvo mala suerte con las lesiones en el campo, sino que también presenció el peor partido de sus mediocampistas en quizás una década.
A los de Lionel Messi todo les salió bien para meterse en la final, pero estando ahí sus carencias quedaron al desnudo y la “mística” nunca apareció. España ganó —como era lo justo— y es la nueva campeona del mundo.
El reto que tiene ahora Scaloni es replantearse ciertas cosas, desde su enfoque hasta su táctica. El viejo truco de apostar a su 10 ya no le funciona; de hecho en la final, Messi más que un jugador pareció un espectador VIP que se conformó —como lo dicta su edad— a caminar en el campo más que a buscar un espacio para proponer algo.
Scaloni es un estratega experto, probado y su ciclo debería según la lógica continuar, él todavía tiene que aportar. Sin embargo, ya no puede hacerlo pensando en la generación del 2022 que ganó en Catar, le toca asumir el trago amargo de empezar a hacer cambios sinceros y basados en el juego que, si bien quizás no lo lleven rápido a ser de nuevo la mejor selección del mundo, al menos sí a ser algo que en la final de la Copa del Mundo no fueron: un equipo competitivo.
El Nacional


